miércoles, 9 de octubre de 2013

Manifestaciones de Espantos y Aparecidos - Los Penitentes de la Recolección.

Se suele asociar en algunos casos la manifestación de espantos y aparecidos a lugares donde en teoría debería de reinar la paz, verbigracia las iglesias y los templos, pero también a sus alrededores.

Daremos a conocer en este post la leyenda conocida como "Los Penitentes de la Recolección"

La Iglesia de la Recolección o Parroquia del Santísimo Nombre de Jesús es uno de los más antiguos templos en la Nueva Guatemala de la Asunción, cuya fundación se remonta al Año de Nuestro Señor Jesucristo de 1797. El barrio del mismo nombre es uno de los de más fama y renombre en el centro de histórico de la ciudad.

Templo Recoleto.
Viernes Santo 6 de Abril de 2012.
Fuente: Sitio Oficial www.recoleccion.org.gt
La Iglesia se ubica entre la 3ra. Calle y 3ra. Avenida de la zona 1 capitalina. La Asociación de Cruzados del Santo Sepulcro es la encargada de una de las mayores tradiciones y devociones de la Semana Mayor, como lo es el solemne Cortejo Procesional del Señor Sepultado del Templo de la Recolección. Es la única institución que cuenta con el permiso de la Orden de Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén, que permanece activa desde 1098 y cuyo Gran Maestre y comandante actual es el Cardenal Edwin Frederick O'Brien, de utilizar las insignias de su escudo de armas en sus ropajes y estandartes.

Ceremonia Solemne de Crucifixión y Descendimiento del Señor Sepultado de la Recolección.
Viernes Santo 6 de Abril de 2012.
Fuente: Sitio Oficial www.recoleccion.org.gt
Sin embargo, mucho antes de la fundación de la Hermandad de la Consagrada Imagen de Jesús Nazareno del Consuelo y Asociación de Cruzados del Santo Sepulcro por Fray Miguel Murcia el 21 de septiembre de 1953, cuentan las viejas consejas que una procesión de ánimas muy siniestras rondaban las calles del barrio de la Recolección. Así me trasladaron la historia:  

Nía Marta era una señora muy curiosa y siempre estaba indagando en la vida y milagros de todos los vecinos del barrio recoleto.
Aquella mañana fría de marzo (cosa rara para la época de verano) se encontraba charlando desde temprano en la tienda de Nía Carlota sobre un inquietante fenómeno que había ocurrido la noche anterior.

- Ay! Nía Carlota, ¿se dio cuenta cómo ladraban los chuchos anoche? (Por "chucho" entiéndase perro, en lenguaje coloquial.)

- Pos a figúrese que sí. Mi marido el Fidel como es coronel del ejército y será de todo menos cobarde, se calzó las botas y plantó el uniforme y salió luego de desenfundar la pistola del cinto. Allí se ve que es bien baboso porque ¿para qué la enfunda al vestirse si la va a desenfundar luego?, pero en fin, que avanzó derechito a la calle por si había algún enemigo de la Patria buscando escapar por los tejados. Luego como fuera de sí y al grito de "¿Quién vive? O le zampo un plomazo" se pertrechó entre la lechería de Nía María y la carnicería de Don Simón. Pero pasó el tiempo y nada, entró protestando que los de izquierda no se atreven a dar el golpe porque el soldado siempre está dispuesto a morir por su Patria y otra sarta de estupideces más que no alcancé a entenderle mientras se regresaba mascullando a acostar, pero ya ve, ni con sus amenazas al aire dejaron de ladrar los chuchos. (Por "plomazo" entiéndase balazo.)

Otra señora de unos cincuenta años más o menos se aventuró a participar tímidamente en la conversación.

- Me perdonarán la intromisión, pero no es la primera vez que se comportan así de extraño. Llevan ya casi una semana que no dejan dormir. Algo raro miran los chuchos que para nosotros los cristianos resulta imposible de percibir.

- Porque ustedes no quieren, nía Sara, porque ustedes no quieren. - Interrumpió una hermosa joven de aspecto caribeño que había entrado a la tienda a comprar una libra de sal.

- Niña Juanita, dichosos los ojos - acotó la tendera - ¿por qué lo dice?

- Como ustedes saben, mis padres son cubanos pero me crié durante mis primeros años en Haití, hasta la muerte de mi tía. Con ella aprendí que si se desea ver lo que miran los perros, basta con acercarse al animal, quitarle los cheles de los ojos y colocárselos uno. Así, decía mi tía que uno era capaz de ver lo mismo que los perros.

- Qué cosas dice niña Juanita, ni que uno quisiera ver de verdad lo que ellos ven para aullar tanto - se santiguó Nía Carlota.

Nía Sara cambió luego el tercio y hablaron a continuación del alza al precio del tomate, de cómo se organizarían para las alfombras para la Semana Santa y al cabo de quince minutos la peña de ancianas se disgregó por el barrio buscando preparar los desayunos en sus hogares e iniciar sus tareas cotidianas.

Solo Nía Marta se fué buscando a la cubanita para confirmar la información. La alcanzó dos cuadras más adelante y le detuvo el paso.

- ¿Niña Juanita, y está usted segura de lo que le dijo su tía?

- Eso lo que me contaba, pero se ve que las señoras aquí no se van a animar.

-  Yo sí, quiero salir de dudas, tanto de si funciona su receta, como de qué puede ser lo que ven los perros para enloquecer tanto. 

Y diciendo aquello, se marchó a toda prisa.

Serían casi las seis y media de la tarde cuando el sol empezó a ocultarse en el horizonte. Nía Marta regresaba a su casa a preparar la cena y de repente recordó las palabras de la joven cubana.

Cruzó la acera y tocó la puerta de su vecino de enfrente, el carnicero.

- Don Simón, buena noche. Mire que pena, será que me puede prestar ratito a su perro. Tengo un tiradero de comida que se me cayó al hacer la cena y para no desperdiciarlo quisiera llevarlo a mi casa para que él lo aproveche.

- Pues mire qué afortunado resultó el "Gris" con su accidente. Va a cenar hasta mejor que yo. Solo me lo trae temprano, porque estos días se ha puesto como loco lo he tenido que amarrar para que no se meta en mi cuarto.

- Con todo gusto Don Simón.

La mujer tomó al perro y lo llevó a su casa. Le dio de comer un poco de arroz y pollo que apartó de su cena y a continuación le retiró los cheles de los ojos y los colocó en una tapaderita. Regresó a la casa del carnicero y le entregó al perro y se retiró de inmediato a su casa.

La ansiedad le carcomía por dentro pero algo en su interior. Llegó a pensar en un momento de cordura que era mejor no intentarlo, pero pudo más su curiosidad. Así que tomó los cheles del perro que había apartado, los colocó en sus ojos y esperó... esperó ... y esperó. Nada, al cabo de una hora no sucedía absolutamente nada.

Cansada, terminó sus tareas del hogar y se dispuso a acostarse cuando escuchó que los perros aullaban y ladraban en toda la cuadra. 
Apagó la vela del salón y se asomó a la ventana que daba para la calle. Fue entonces que pudo apreciar una larga hilera de penitentes vestidos con túnicas negras y cuyo rostro estaba cubierto por un capirote largo del mismo color. En en lugar que debería de observar los ojos solo veía los agujeros, las cuencas vacías, y a pesar de que escuchaba el arrastrar de pasos aquellas figuras parecían flotar, pues no les veía los pies.
Todos portaban un cirio encendido, menos el último que portaba dos, y al momento de pasar por su ventana le extendió uno para que ella lo tomara mientras le decía: "Tomad hermana, en tres días tendréis que devolvérmelo".

La procesión de ánimas se perdió al cruzar en la esquina y Nía Marta, como fulminada por un rayo, cayó desmayada.

Al día siguiente, despertó creyendo que todo había sido una pesadilla, pero con horror descubrió que el dichoso cirio que había recibido y que aferraba en las manos era un pestilente hueso, un fémur humano todo carcomido.

Las asustadas señoras que se arremolinaban cada día en la tienda no supieron qué decirle cuando les contó su experiencia, y le aconsejaron buscar la ayuda de nuevo de la joven cubana, puesto que al fin y al cabo, ella era la responsable de que estuviera en esa situación.


Todos conocían a la joven por sus visitas a la tienda, pero ninguno se enteró jamás donde era que vivía, así que por mucho que la buscó, imposible fue encontrarla en los dos días siguientes.

Al tercer día, buscó consuelo en en Templo Recoleto, pero el párroco no se encontraba. Su desesperación era grande y el sacristán notándolo le cuestionó por lo que le pasaba. Nía Marta le contó la historia y aquel hombre muy pensativo le dijo:

- Esa no es la primera vez que sucede algo así. Un zapatero del barrio hace un par de años desapareció en la negrura de la noche mientras se oían igual los ladridos de los perros. Nadie supo nunca su paradero, pero mi madre me contó una historia parecida a la que le ocurrió a usted, y me dijo que seguro al zapatero se lo habían ganado los Penitentes de la Recolección. Venga a mi casa, le preguntaremos si ella sabe qué hacer para que usted se salve.

Llegaron a la casa de la madre del sacristán, que le dio un gran sermón por haber caído en esas prácticas mágicas por curiosidad. Le dijo que la única forma de salvarse era que le ayudara un alma pura a devolver aquel hueso, y que por ende debía buscar quién le prestaba a su niño o niña para que pudiera ayudarle.

Le costó mucho, pero al final se apiadó de ella Nía María,, la dueña de la panadería, quien consiguió que su nieta pudiera quedarse con ella esa noche. Las dos mujeres y la niña permanecieron en la casa de Nía Marta hasta que los perros iniciaron el macabro concierto de ladridos y aullidos.
Abrió la ventana Nía Marta y mientras Nía María rezaba un Rosario, se aproximó a la espera del paso de la siniestra procesión.

Al pasar el último de los penitentes de la Recolección se acercó a ella y le dijo:

- "Hola Hermana, vengo por el cirio que os dí a guardar".

La nietecita de Nía María apareció entonces sosteniendo en sus manitas aquél hueso fémur y el penitente lo tomó.

- "Os habéis salvado porque es esta pequeña niña de alma tan pura quien me entrega este objeto. Os había dado un cirio y me devolvéis un hueso, pero me es imposible haceros venir conmigo a buscarlo por la intercesión del Rosario y por esta ingenua criatura."

Se escuchó entonces el retumbar de un trueno en todo el barrio recoleto y empezó a llover a cántaros. Las mortecinas llamas de los cirios de los penitentes permanecían encendidas, inmunes al caudal de agua que se precipitaba sobre ellos. El penitente se incorporó con el resto y se volvieron a perder de la misma manera fugaz que habían aparecido. 

A la mañana siguiente, una comitiva de vecinos del barrio se presentó al Templo de la Recolección y tras hablar con el Fraile Prior de la Parroquia, le rogaron que saliera a bendecir las calles del barrio.
El buen párroco al parecer consintió en la petición y cuentan que desde entonces jamás se volvió a ver a los Penitentes de la Recolección deambulando por la calles.

Así concluye la historia. Aunque existe también la variante en la que la el individuo curioso no consigue el auxilio del alma pura que le ayuda a salvarse y tras colocarle el hábito negro y el capirote, es sumado a la procesión de penitentes, condenado a aparecer cada año y ganar a su vez un alma más a su comitiva.

Muchas Hermandades aún en los años 90 solían utilizar esos capirotes, creo recordar que vi algunos de los miembros de la Hermandad de los Cruzados de Cristo del Templo de Nuestra Señora de los Remedios, durante un cortejo procesional de la Consagrada Imagen del Cristo Yacente del Calvario recorriendo la sexta avenida de la zona 1 con esos atuendos todavía cuando tenía como 9 o 10 años e iba con mis padres a ver las procesiones del Viernes Santo.  La última vez que vi al Escuadrón de Nazarenos con sus típicos capirotes abriendo el paso del cortejo procesional fue en el año 2011.

Afiche de Escuadrón de Nazarenos del Templo del Calvario.
Fuente: https://www.facebook.com/CristoYacenteDelCalvario
Si alguno de los amables lectores se anima a realizar el experimento de Nía Marta, pues ya me contará si ve o no a los Penitentes de la Recolección desfilar frente a su ventana. No hay que creer, ni dejar de creer citaban las abuelitas en otros tiempos. 
Lo que podría confirmarle casi sin lugar a equivocarme es que con suerte lo mínimo que pescaría de dicho experimento sería una conjuntivitis, ese susto con seguridad lo tendría garantizado.

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